Crítica literaria: Una paranoia que navega (en meras superficies)
Acerca de Los amigos soviéticos, de Juan Terranova
Por Demian Paredes (agrupación En Clave ROJA)
Un escritor que surgió del frío
A causa de la caída del Muro de Berlín el capitalismo desarrolló toda una superproducción ideológica que lo mostraba como “el vencedor” ante la URSS, y promovía las ilusiones del “fin de la historia”.
Sin embargo, el sistema capitalista imperialista fue mostrando su “real rostro” (un sistema de hambre, miseria y guerras) y, recientemente, la profunda crisis económica iniciada hace dos años (de consecuencias nefastas para los trabajadores, jóvenes y sectores populares) ha sido un golpe demoledor a las ilusiones de “inmovilismo histórico” que fomentó el sistema, comenzado a poner en cuestión el triunfalismo burgués del último tiempo. En este contexto, siguen proliferando textos –en este caso, literarios- que hablan sobre la idea de revolución y de socialismo, a derecha e izquierda.
Es el caso de Los amigos soviéticos, de Juan Terranova[1]: esta se pretende como “crítica inteligente” que emplea las “nuevas tecnologías” de acceso a la información y ambientada contemporáneamente. Pero, como veremos, por su función política e ideológica, más bien parece una obra salida del escenario de la “guerra fría”.
Un “contemporáneo generacional”
Terranova es contemporáneo –y comparte la dimensión ideológica- de todo un sector de 30-35 años promedio que, proveniente de los ’90 y habiendo adoptado los credos “posmodernos”, habla cínicamente del “fin de las vanguardias”; tiene “desconfianza en los istmos”(sic) y una “decepción de las utopías” –incluso aluden a un “estado de confusión”, “indefinición” y “duda permanente” (Andrés Neuman –n. 1977- dixit)[2].
Aunque Terranova diga que “las estéticas, las éticas y las políticas son diferentes”[3] en los “jóvenes autores”, Elsa Drucaroff, comparando la actual con la generación de “los ‘70” da la siguiente definición general de los actuales literatos: “La narrativa anterior entona grito, acusación, proclama, denuncia, reflexión, explicación sesuda; si bromea, es con un fin serio (…). La nueva se toma menos en serio. Predomina la socarronería, una semisonrisa que puede llegar a carcajada o apenas sobrevolar, pero señala siempre una distancia que no se desea recorrer: la que llevaría a tomarse demasiado en serio. Si algo sabe la literatura que se gestó al calor de esta Argentina es mirar críticamente, pero conoce en carne propia la impotencia de la crítica. Su lucidez sólo puede ser oscura; casi sin eco social, le queda gozar con su sarcasmo, cinismo e ironía. El marcado interés de la NNA (nueva narrativa argentina) por lo bizarro es, en este contexto, apenas un modo profundo de realismo”[4]. Ya veremos más abajo cuán “profunda” es esta narrativa, con el caso de Terranova.
La novela
El “realismo cínico”, “bizarro” o “sarcástico” de Terrranova se propone darnos coordenadas espacio-temporales muy conocidas para los porteños: el barrio de Congreso, la Avenida de Mayo, los locutorios con Internet, las librerías de saldos, los supermercados chinos, bares diversos. La novela transcurre en 2008, mientras el empresariado rural hace lock out y en las calles se “cacerolea”.
El humo que invadió el Gran Buenos Aires y la Capital por la quema de pastizales, los Juegos Olímpicos de Beijing y la crisis inmobiliaria y financiera internacional serán otros datos que estructuran lo que podríamos llamar el costumbrismo de la novela o, como lo ha llamado César Aira, “costumbrismo tecno”[5].
Por nombrar algún ejemplo: tenemos el momento en que el joven protagonista cuenta la paciencia de sus amigos rusos –acostumbrados a la burocracia- para con los trámites en las burocráticas oficinas porteñas: “Desplegaban una paciencia y una convicción blindadas y completamente a prueba de la imbecilidad y pereza del empleado público medio”[6]. Al “mundo burocrático” que señala Terranova se le pueden sumar otras descripciones sociales y mentales[7].
Por otra parte, Terranova empleará la tecnología para “informarse” (él y su personaje protagonista): Los amigos soviéticos comparte “técnica narrativa” con, por ejemplo, la recientemente aparecida El caso Voynich, de Daniel Guebel[8]: los personajes “googlean”, “chatean” y leen información de la Wikipedia. Técnica por otra parte nada novedosa: hace largos años ya que la narrativa incorporó las “nuevas tecnologías” (como Internet o los mensajes por teléfonos celulares) en la acción de sus personajes y/o la trama misma del relato.
Poco a poco el protagonista irá asociando “conocimientos” –tomados centralmente de Internet- sobre la URSS y distintos hechos “sobresalientes”. Al leer una historia del cine hablará de “la primera gran estafa artística (SIC) de la revolución rusa”:
“El libro (…) contaba que el bloqueo capitalista a la Unión Soviética había empujado a Lenin a confiar en un vendedor clandestino de insumos cinematográficos que finalmente cobró y desapareció. Pero el cine era el medio por excelencia para contar la revolución. Así que Lev Kuleshov tuvo que dirigir las prácticas de su recién creada escuela de cine sin película en las cámaras”[9].
Al parecer nuestro escritor-buscador desconoce que, pese a las estafas e innumeros problemas materiales, la Unión Soviética logró en 1921 fundar el Instituto del Cine Ruso (previa apertura de la primera escuela de cine del mundo, en 1919), y que el mismo Kuleshov al año siguiente pondría en pie un “laboratorio experimental”[10]. ¡Nuestro “sabio” escriba se hundirá en las aguas virtuales de Internet si “navega” así de mal!
Explica un artículo: “A partir del año 1920, con el país apenas saliendo de una guerra civil, en medio del hambre y la destrucción, la Rusia Soviética hace un enorme esfuerzo no sólo para producir películas, sino para construir cines en los centros urbanos más importantes. Y a donde no llegaban las cine-salas, llegaban los ‘kinoshniki’, los proyeccionistas que necesitaban sólo una sábana blanca y una toma de corriente”[11]. Terranova, en su loco afán por defenestrar la revolución dice cualquier cosa, desconociendo que Kuleshov, Pudovkin, Eisenstein entre otros no son sólo los fundadores del “cine soviético” sino de los primeros teóricos del cine; ¡con ellos “empezó” el cine! La misma experimentación del montaje –si se quiere, originada por la escasez de material entonces- fue la base de lo que hoy, “modernamente”, se llama “lenguaje audio-visual”.
En vez de decir burradas como “estafa artística” Terranova ¡al menos! podría haber prestado un mínimo de atención en sus viajes por Internet a la definición de “Cine soviético” de la Wikipedia[12]. Pero no: lo único que consigue escribir Terranova en esta novela es una serie afirmaciones de sentido común, “traduciendo” a la literatura el “costumbrismo” de las novelas de Pol-Ka producciones y Adrián Suar, y (¡encima!) tomadas prestadas de cualquier sitio web…
Los dilemas de una generación (descomprometida)
Pero hay más tras la fachada costumbrista de Los amigos soviéticos: el protagonista de la novela va con su amigo a una librería y ve extrañado libros “con la cara del Che”, “con fotos de Evita y Perón”: “Títulos editados hace treinta o cuarenta años sobre temas sindicales y políticos, con interiores de hojas amarillas y diseños de tapa ingenuos o siniestros. Los libros que leían mis viejos en la década del ochenta”[13].
Al parecer nuestro protagonista siente como un peso a las generaciones pasadas, y se rebela contra un (supuesto) mandato que lo lleva(ría) a cierta politización. Reniega (y teme) de aquella experiencia.
Este temor ante lo “siniestro” (¡de la tapa de un libro!) se trastocará en furiosas diatribas contra la izquierda al recibir una prensa. Dice:
“La impresión no era mala pero la escritura resultaba horrible. Los artículos parecían redactados por un primate furioso y sobrexigido que, desde el fondo de la cadena alimentaria, tomaba drogas para mantenerse despierto y se arrebataba mientras veía en todas partes el cruel mecanismo del capitalismo destruyendo las relaciones humanas”[14].
O sea que tenemos un personaje paranoico por varios motivos: le pesan sus padres, odia a la izquierda –como se puede observar no sólo en este libro sino en los blogs de Terranova con sus “poemas antimarxistas”, “anti-militancia” o “anti-militantes”- y, es reticente a cualquier clase de pensamiento crítico.
El brutal desdén por el pasado y cualquier actividad militante siguen en el presente (es tener lo que se llama “cola de paja”) y se funden. El protagonista desdeña a todos y a todo. Al llevar a su amigo Volodia a un programa de radio de un ex compañero universitario, dice:
“El conductor que había hablado de marxismo siguió insistiendo. Quería darle a sus preguntas un tono crítico, o cierta inflexión erudita, pero era evidente que había leído poco y mal libros muy complejos escritos hacía mucho tiempo.
-Buenos Aires es una ciudad marxista a destiempo –lo cortó Volodia.
Me imaginé que para él los marxistas locales eran como muñecos parlantes, actores de segunda línea doblados a un idioma salvaje y mal subtitulados”[15].
En realidad, es la paranoia de Terranova es la que lo lleva a actuar (escribir) como un “muñeco parlante” y “mal subtitulado” (como dijimos arriba: mal leído). Evidentemente, más que “impotencia de la crítica”, lo que hay es ausencia de crítica en muchos “jóvenes” literatos.
Cinismo y prejuicios académicos
Entre los “rasgos hegemónicos” de la literatura argentina, surgidos en los ’90, Marcela Croce ha señalado, además del mercantilismo “que ni siquiera puede sustentarse en el interés literario de lo que difunde”, “un cinismo irrefrenable que encuentra la suspensión de la crítica como obligación intelectual su divisa y su justificación”[16].
El incontinente cinismo de Terranova (donde desprecia a todos como “imbéciles” e “idiotas”) lo lleva a decir, luego de leer una historia del blues y los circuitos under:
“… me quedé pensando en cuál era nuestro Chitlin’ Circuit. (…) ¿La Universidad de Buenos Aires con sus huelgas, sus docentes esquizofrénicos y sus equívocos militantes revolucionarios era nuestro Chitlin’ Circuit? No creo. Demasiada juventud, demasiada alegría utópica. (…) la Universidad de Buenos Aires me resultaba (…) un lugar siniestro y violento”[17].
A todo esto se suman, en el caso de Terranova, los prejuicios académicos de egresado de Puán (aunque a nuestro autor no le guste): su interés por la URSS se debe, dice, a que “era el experimento político que mejor mostraba el increíble poder de la Razón pero también marcaba sus límites”. “La Razón siempre había estado ligada en mi vida a los libros, era decir escritura, era decir Logos. El eterno retorno del mito de la revolución marxista: un hombre encerrado en una habitación puede, leyendo y escribiendo, entender cómo funciona la sociedad y cambiarla”[18]. Aquí se ve claro lo que logra, en mucha gente, la academia: ¡“educarlos” en el idealismo, en un (mal) “iluminismo”, en una utópica vara para medir (y creer que se entiende) la realidad!
Tenemos aquí, una vez más, a un tipo de universitario que quiere (y cree) poder entender todo desde su gabinete de estudio (o un bar de Palermo Soho), pretendiendo hablar de lo que no sabe (historia y marxismo en este caso).
Un epígono de la contra-épica
Pero si miramos detrás de la fachada de joven rebelde contra sus padres, desdeñoso hacia la izquierda y carente de crítica, lo que hay es algo más profundo.
El “caos” y “desorden” que Terranova recuerda en una novela “anti-épica” de Iván Bunin sobre la revolución de 1917 (“una mancha gris, amorfa y violenta. Su fauna urbana está compuesta de soldados, arribistas, putas, obreros, ladrones y policías”[19]) lo ve ahora, “amenazante”, cuando la crisis capitalista internacional comienza a “desordenar” y alterar el statu quo de las últimas décadas. Por eso le dice a su novia que “La timba capitalista cada tanto necesita reventar y levantarse con resaca”. Y ante la insistencia de ella sobre la crisis le dice: “A esta altura, ya no sé bien cuál es el significado de la palabra ‘crisis’ (…). Crisis económica, crisis política, crisis social, la educación en crisis, la salud en crisis, el país en crisis”. Y termina: “¿Qué cosa tan mala va a traer la crisis? ¿Desempleo, miseria, represión estatal, la policía matando gente en la calle? ¿Pibes revolviendo la basura buscando algo para comer? Bueno, eso ya lo vi”[20]. Terranova niega y reniega de los cambios de la realidad; de la crisis que altera (radicalmente) las “aguas quietas” de los ’90 a las que estaba habituado.
La explicación a todo esto la podamos encontrar contextualizando a nuestro autor desde los hechos del 19 y 20 de diciembre de 2001 y posteriores. Como se sabe, ante la crisis económica se salió a las calles a manifestar (centralmente los desocupados y sectores medios) “¡que se vayan todos!”. Cayó un ministro y luego varios presidentes, abriéndose un momento de fuerte crisis de hegemonía y poder burgués.
Esas jornadas revolucionarias sin embargo no se profundizaron –la burocracia sindical contuvo a las masas de trabajadores de la industria y los servicios- y fueron contenidas por el kirchnerismo: un discurso “antineoliberal” y muchos “gestos simbólicos” por “izquierda” (o “centroizquierda”) cooptando a movimientos sociales y organismos de derechos humanos. Este sector del establishment político encaramado al Estado dio aires desde 2003 a un “relato” a la izquierda de la “teoría de los dos demonios”, reivindicando el “pasado militante” de los ’70 (pero eso sí: para el kirchnerismo y los “nac&pop” sólo habría sido una lucha para tener la democracia –burguesa y capitalista- “realmente existente” que tenemos hoy[21]).
Y entonces, ¿qué pasó con los jóvenes intelectuales y literatos “posmodernos” de Filosofía y Letras? Aclimatados a los “micro-relatos” y a marcar de manera narcisista “las diferencias” (individuales) durante los ’90; haciendo “carrerismo” académico y/o literario, sintieron que la tierra bajo sus pies –efectivamente- se movía. No pudiendo volver los “tiempos calmos” de los ’90 se encuentran atrapados entre la incomodidad del “izquierdismo progresista K” y las tendencias emergentes a su izquierda los últimos años (como el “sindicalismo de base” en el movimiento obrero y la militancia marxista).
De conjunto lo que hubo en estos sectores ilustrados fue una falta de reubicación en todo este nuevo cuadro –cuadro que, por lo demás, tenderá a ir agudizándose al calor de la crisis económica y la lucha de clases-, ya que han sido todos y todas “educados” en el “neoliberalismo” de la apatía, del individualismo y el conformismo social. Y sólo les queda, si no media en ellos un cambio sustancial, conciente y comprometido a los “nuevos tiempos”, abandonarse a alguna creencia mística. Como dice nuestro protagonista hacia el final de la novela:
“Chéjov murió tuberculoso en 1904 y hoy se lo sigue leyendo. Bunin, pese a haber ganado el Nobel, es prácticamente un desconocido. La revolución, por su parte, nunca llegó a la Argentina.
-Gracias a Dios –dijo Vodolia”[22] (¿o Terranova?).
***
Confusión, mística y repetición de “lugares comunes” es lo que se encuentra en Los amigos soviéticos. Nuestro “experto navegante” debería atender a la frase que él mismo cita de Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Claro que en este caso Terranova debería llamarse en todo caso al silencio –al menos- ante la ignorancia sobre la materia con la que pretende trabajar.
[1] Bs. As., Mondadori, 2009.
No vamos a tratar aquí toda otra enorme cantidad de obras que tratan el tema, desde las que van de la ironía, la humorada y banalización de la política por el absurdo (como el caso de Daniel Guebel con El terrorista y El perseguido; el cuento sobre Lenin en un convento jesuita en Los padres de Sherezade o la obra de teatro “Dos linyeras” –donde hay una disquisición sobre “la toma del poder”- hasta La vida por Perón) hasta otros que están en las antípodas ideológicas, como, por ejemplo, la obra de Andrés Rivera.
O la novela de Martín Kohan Museo de la revolución (Bs. As., Mondadori, 2006), que no habla de la URSS pero tiene una óptica de “rescate” de “textos clásicos” (Marx, Engels, Lenin y Trotsky).
[2] “Creo que nuestra generación vive un momento de dispersión, de desconfianza de los manifiestos, desconfianza de las generaciones que abarcan una sola estética. En ese sentido desconfiamos mucho de la organización a partir de istmos de las vanguardias, y aunque nos simpaticen estéticamente, esa misión mesiánica, revelada y abarcadoras de los manifiestos vanguardistas nos produce mucha desconfianza. Digamos que la decepción de las utopías no tiene sólo consecuencias políticas, sino también estéticas” (www.laperiodicarevisiondominical.wordpress.com).
[5] “… la narrativa, en la Argentina por lo menos, ha caído en un realismo un poco chato, casi costumbrista, costumbrista tecno, pero costumbrista al fin. (…) Creo que la historia les ha jugado una mala pasada a los novelistas, y es que les ha solucionado muchos problemas. Y una novela sin conflicto… Estos jóvenes de clase media, que son los que escriben, los que van a la Facultad de Letras, hoy día ya no tienen ningún problema (…). Este realismo de barrio elegante, Palermo Soho, no me convence” (reportaje en Letras libres, reproducido en suplemento ADN Cultura de La Nación, 28/11/09).
[6] Ob. cit., p. 50.
[7] Como la siguiente: “Volodia siempre se quejaba de los taxistas. Uno le había estado hablando de las ventajas del comunismo en un viaje desde Chacarita hasta Congreso. A la altura de Once, la conclusión, un poco resignada, era que el comunismo en la teoría estaba bien pero en la práctica no funcionaba” (ídem., p. 68).
[8] Bs. As., Eterna cadencia, 2009.
[9] Ob. cit., p. 54.
[10] Allí Kuleshov realizó lo que se llamó “‘films sin película’, con fotos fijas, demostrando el poder creador del montaje con un famoso experimento en el que conseguía infundir diferente fuerza emocional a un único primer plano inexpresivo de un actor, según el contenido de los planos que le yuxtaponía: un cadáver, una mujer, un plato de sopa, un niño, etc…” (http://elefectokulechov.blogspot.com/2008/05/que-es-el-efecto-kulechov.html).
[12] “…el nuevo cine soviético, produce una verdadera revolución expresiva en la teoría y la práctica cinematográfica mundial, sobre todo, por el implacable realismo de sus imágenes y por el magistral empleo del montaje. Este cine supone una nueva forma de expresión, una nueva estética. Con la escuela soviética el cine incorpora el drama coral de las multitudes” (http://es.wikipedia.org/wiki/Cine_sovi%C3%A9tico).
[13] Ob. cit., p. 88.
[14] Ídem., p. 104. Diego Rojas (en “Ensalada rusa”, revista Veintitrés 592, 5/11/09) se abstiene de toda crítica y elogia este libro de Terranova por “conjuga(r) los saberes que se esparcen a través de la web”.
[15] Ob. cit., p. 147.
[16] “Boom, paredón y después”, en José Enrique (comp.), Los ’90: fin de ciclo. El retorno a la contradicción, Bs. As., Final Abierto, 2007, p. 38.
[17] Ob. cit., p. 181.
[18] Ídem., p. 157.
[19] Ídem., pp. 170 y 172.
[20] Ídem., p. 187.
[21] Sobre estos temas véase Christian Castillo, “Elementos para un ‘cuarto relato’ sobre el proceso revolucionario de los setenta y la dictadura militar” y Juan Dal Maso, “Ideología y política de los intentos de relegitimación estatal” (revista Lucha de Clases, nros. 4 y 6, respectivamente).
[22] Ob. cit., p. 201.
